Y alguien me besaba los tobillos, no sabía si soñaba o si era real. Los besos subían, eran dulces, lentos, y entre beso y beso el calor de su aliento masajeaba mi piel.
Me besaba al compás de su respiración, y entre inhalación e inhalación lamía con suavidad allí por donde pasaba.
Lo sentía todo, no podía dejar de repetir su nombre y suspirar, tenía ganas de que ascendiera más, y más.
A medida que subía se me erizaba la piel y ardía en pasión. Me tanteaba, pero él ya me conocía, conocía cada milímetro, cada lunar y cada rincón. Todo.
Me sentía como en el país de las maravillas, todo era perfecto.
Cada vez apretaba más sus manos contra mis muslos, y sentía fuerza y ansia en aquellas manos. No quería abrir los ojos, si aquello era un sueño no quería despertar jamás. Conquistaba una a una todas mis neuronas.
Su barba incipiente me hacía cosquillas en las ingles, y yo sonreía deseosa de más.
Y entonces llegó. Llegó y se detuvo. Finalmente se decidió y acampó en el valle húmedo de mis muslos.
Tiempo, respiraciones y pulsos aceleradas por la pasión, sudor…
Entonces abrí los ojos y le miré a los suyos. Sonreí y me besó en los labios.
Aquella era una buena forma de despertar.
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