Y entré en la habitación. No había rincón que no me recordara a él. Todos sus regalos bien colocados, todas los momentos vividos en cada recoveco de esa estancia... Era insoportable.
Me tumbé en la cama. Mis sábanas seguían oliendo a él. Decidí no volver a cambiarlas, o por lo contrario, cambiarlas de inmediato. Los pulmones me dolían a cada inhalación que daba, fotogramas de cada instante junto a él me sacudían la mente. Entonces lloré, y no intenté contenerme. Lloré por que sabía que se haría insoportable estar sin él, por que ya estaba padeciendo su ausencia y me atormentaba la espera para volver a verle. Pero todo eso me hizo más fuerte, o el dolor me empujó a no compadecerme de mí, y me enjugué las lágrimas y asumí su partida.
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